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Turismo municipal

Sergi Rufi

Después de comer, cuando caigo de nuevo en que lo que merece la pena de la vida es gratis, decido viajar. Me calzo los zapatos, me calo la boina y salto a la calle. Cojo un autobús medio vacío, me deslizo por la ciudad. Respiro suavemente, el aire acondicionado facilita mi presencia plena, lanzo una mirada atenta através del ventanal de cristal grasoso. Aprovecho un frenazo para pisar hacia abajo los escalones y saltar de nuevo a la calle. Unos cuantos pasos siguen a otros tantos y me introduzco en la profundidad del metro. A esa hora la estación es un páramo, igual que el andén, en el vagón donde descanso tampoco parecen haber muchos pasajeros. Desanclo la mirada de mi libro para observar los repetidos aullidos de una niña de escasa edad revolviéndose en el regazo de su madre. El aire acondicionado resulta flojo en mi piel, huele a vida humana en ese hueco que se abre paso precipitadamente a través de la tierra.

Un peldaño mecánico me devuelve de nuevo a la superfície donde me calo más hondo la boina y clavo con decisión el paso. Bien erguido, con dignidad, transito por la vieja acera del desconocido barrio. Alzo la mirada al cielo y me inspiro con la profundidad del color azul en Julio. Soy un extranjero en mi ciudad y deambulo sin rumbo fijo mientras me centro en la respiración, el movimiento y el peso de mi cuerpo. El calor de la tarde cae con fuerza sobre los pocos viandantes que me cruzo, ese lejano barrio de la ciudad parece de nuevo un desierto. Desciendo una pequeña colina para ascender después unas cuantas escaleras. Volteo el barrio buscando dónde disfrutar de las dos horas y media de las que dispongo. Me fijo en la escasa gente que se cruzan ante mí y ellos me devuelven sus miradas sin intención ni gesto. Parecen muy diferentes al barrio del otro lado de la ciudad de donde yo soy, y vengo.